miércoles, 1 de febrero de 2017

La película había acabado.

Y se marchó, si continuaba le dolería aún más.
Así que se marchó, se largó, se las piró porque ya no le interesaba saber sobre los paraísos engañosos que susurraban sus malditas palabras. 
Y ya pasaba, si aguantaba un minuto más, se podría hincar sus propias uñas. 
La tensión se acumulaba loca en un punto tras dar vueltas y vueltas por todo un cuerpo sacrificado y dañado, que últimamente sufría mucho más de lo que un día pudo haber merecido. 
Estaba alimentada por el rencor y los recuerdos que atormentaban su mente golpeando una y otra vez fuertemente. 
Se acariciaba la frente como si así pudiera traspasar al epicentro de los sueños y pesadillas y sacarlas de ese lugar que solo hedía últimamente. 
Y deseaba que todo se torciera como su línea de pasos últimamente hacía. 
Al abrir los ojos, los quería cerrar; pero siempre fue muy perseverante y una fuerza íntimísima le hacía abrir los ojos de par en par y mirar por esa ventana de hierba y agua por la que no entraba el sol. 
Sería por ventanas. 
Y no sé cómo coño lo hacía, pero salía, lo intentaba aunque se cayera, y respiraba y ponía sus cinco sentidos en el fluir de su ir y venir, de su ajetreada respiración, que paraba en sacudidas fuertes, a veces. 
Y lo pensaba, sin quererlo lo pensaba, y no dejaba de hablarlo, pues al hacer volar las palabras quedaba más espacio para otros elementos, así volaban, así se hacía más hueco, y ahí entraba la paz, la caricia del alma. 
Se mordía las alas a veces, se le aceleraba el ritmo cardíaco otras y en ocasiones, el subconsciente le recordaba que era una señorita, la princesa de un cuento y las princesas eran buenas y tenían buenos sentimientos y correctísimas palabras, así como modales. 
Era un ir y venir de sucesos, de momentos y vivía lo normal ante lo absurdo y carente de significado. Y no lo merecía pero la vida es así.
Ya se prometió no retroceder, ahora la cara la elevaba a las estrellas cuando la ansiedad le daba tregua. 
Ya no, ni una más, ni por esos ojazos, ni por ese lunar en el labio. 
El deleite en asco, el aroma en putrefacción, la admiración en compasión, los deseos en pesadillas. Esta segunda parte se había puesto tan fea que se había dejado de grabar, simplemente, porque la película había acabado.